La cultura construye continuamente jerarquías, y el poder impone formas legítimas de desigualdad que se transforman en el tiempo pero que se intensifican y debilitan de manera cíclica. Si nos remitimos a los años 1960 y 1970, cuando se asistió a un fuerte impulso igualitario, y lo confrontamos con la exaltación actual de la meritocracia, resulta evidente que la igualdad se encuentra continuamente amenazada por impulsos ideológicos y políticos, así como por relaciones de poder. Naturalmente, el mérito es producto de condiciones y de elecciones individuales, pero responde también a una estructura socialmente desigual de la sociedad. Para poder hablar en realidad del mérito como un motor positivo y justo deberían plantearse dos condiciones: por un lado, que todos pudiesen partir con las mismas posibilidades para la propia realización y, por otro, que fuesen igualmente merecedores, y que existieran mecanismos para la constante regeneración de la uniformidad de posibilidades para hacer valer las propias capacidades. Es evidente que esto no produciría igualdad, pero permitiría una justicia social más equitativa. Pero todo esto se encuentra completamente distante de la realidad y de la viabilidad, y los discursos sobre los méritos están ideológicamente construidos para esconder el hecho de que las jerarquías sociales tienden a reproducirse perennemente, en vez de nivelarse. Además de reproducir conflictos y crear estereotipos sobre minorías consideradas amenazadoras o inferiores, y sobre nosotros mismos, buscan una identidad inexistente pero imaginada, de modo tal que se construyan barreras hostiles y jerarquías peligrosas.
Sin embargo, las desigualdades no solo tienden a reproducirse sino también a agravarse. Desde que hace poco más de un año fue publicado el libro del economista francés Thomas Piketty, Le capital au xxième siècle, el debate sobre la desigualdad se ha propagado, por supuesto, partiendo de la percepción y de la constatación siempre más difundida de una distancia que se torna siempre más profunda entre una minoría de personas muy ricas y una creciente masa de pobres. La explicación de Piketty, simple y comprobada, reside en la contradicción esencial del capitalismo:
[…] el principal factor desestabilizador está vinculado al hecho de que el índice de rendimiento privado del capital puede ser muy superior, y por mucho tiempo, al índice de crecimiento de la renta y del producto. La desigualdad entre el rendimiento del capital y el crecimiento de la renta y del producto implica que los patrimonios heredados del pasado se recapitalizan a un ritmo superior al ritmo del crecimiento de la producción y de los salarios.
El libro no se ocupa de coyunturas breves sino de aquellas a largo plazo y, por tanto, no nos proporciona el sentido del cambio cíclico de la afirmación ideológica de la legitimidad o del contraste frente a la desigualdad. No obstante, nos muestra los efectos generales, por grandes etapas, de los mecanismos del capitalismo y las causas de la debilidad sustancial de la política actual frente a la economía financiera, y la extraordinaria dificultad para lanzar una política fiscal redistributiva. Los Estados del mundo carecen de una política común, mientras que los sistemas patrimoniales y financieros son extremadamente móviles y vuelan alto, por encima de las fronteras nacionales. Una rectificación pudiese consistir en imponer un gravamen progresivo sobre los ingresos, pero esto solo sería posible si se pudiese perseguir los capitales por todos lados, incluso aquellos que encuentran un lugar para ocultarse y escaparse. Pero nos encontramos muy distantes de esto.
