Miguel B.
Si tenemos derecho a la educación pública, no podemos conformarnos con que solo las aulas sean de titularidad pública, pues la industria cultural y en especial la de la música, son poderosas instituciones (des) educadoras. Si por una parte, desde el sistema educativo co-educamos en la igualdad, el conocimiento crítico y el bienestar físico y por el lado de la industria cultural y musical, los mismos alumnos reciben agresivos contenidos clasistas, misóginos, violentos y pro-drogas, entonces como sociedad les estaremos generando una grave disonancia cognitiva sobre cuáles son los comportamientos correctos, entre tanto mensaje contradictorio. Si Bad Bunny, el cantante de moda dirigido a adolescentes, amordaza y mete en el maletero del coche a su exnovia en un video (para supuestamente violarla y/o matarla), ¿cómo vamos a pedirles que traten a las mujeres con respeto? Si Anuel aparece en un vídeo riéndose por haber matado a un hombre que era su rival, ¿cómo les vamos a enseñar a los chavales que deben comportarse fraternalmente?
Existe un proceso de agilipollamiento masivo de la población y los menores son sus mayores víctimas. Hay una deseducación y embrutecimiento de la población planificada desde las altas esferas, una infantilización de la misma, una pauperización de los estímulos que le llegan para impedir la capacidad de raciocinio, la crítica y la posibilidad de manejar el pensamiento abstracto. Todo ello impide el desarrollo cognitivo y facilita el control social. Es algo que gente como Allen Dulles, ex director de la CIA y mecenas de múltiples psicópatas con placa, sabían que tenían que aplicar a la población. Puro control social, ratas de la laboratorio a base de impulsos condicionados. Entonces sí, evidentemente, el estímulo de millones de horas de imágenes hipersexualizadas en movimiento, dificulta cualquier tipo de pensamiento crítico y eso es altamente beneficioso para la élite.
